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Posts Tagged ‘Vaticano II’

De dos maneras distintas se oye hablar de la Iglesia en la vida corriente. El idealista, eclesiástico o seglar, desde el púlpito, en la enseñanza, en la conversación diaria, ve a la Iglesia como la Iglesia de Dios: pura, sin mancha y sin tacha, santa, con la mira puesta únicamente en la salvación de los hombres. El realista, en la calle, junto a la mesa del bar, en la lectura del periódico, ve a la Iglesia como agrupación de hombres: humana y hasta demasiado humana en la cabeza y en los miembros, dura e intolerante, aparato de ambición hostil a la libertad, complicada en los tratos y política de este mundo, con defectos de toda laya. ¿Quién de los dos tiene razón? Los dos, aunque, por distintos conceptos, tienen razón y sinrazón. Razón, en cuanto la Iglesia es en algo tal como los dos la ven, siquiera ese “ser” haya de tomarse analógicamente; sinrazón en cuanto la Iglesia, con parcialidad exclusiva, es vista sólo así. En el fondo, ni al realista ni al idealista les interesa la renovación de la Iglesia. El idealista, que sólo mira el lado de luz de la Iglesia, la tiene por innecesaria; el realista, prisionero de la parte oscura de la Iglesia, por imposible. Sólo quien, con auténtico amor a la Iglesia, cuyo miembro es, tiene valor para mirar las sombras y creer, no obstante, en la luz, sólo ése puede abrirse a una renovación de la Iglesia tal como el papa la espera del concilio.

Hans Küng, El concilio y la unión de los cristianos, 20

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Cada vez que en nuestro Occidente ha florecido la renovación cristiana, tanto en el orden del pensamiento como en el de la vida (y ambos van siempre unidos), han florecido bajo el signo de los Padres [de la Iglesia]. Todos los siglos lo atestiguan -sería largo evocar su historia- y esta ley se cumple también en el nuestro. (…) Pero más que multiplicar los ejemplos, es preferible echar una ojeada al gran aggiornamento conciliar: el verdadero, aquel cuyas raíces están en la base de los textos promulgados, el que se realiza ante todo en profundidad, en una fe renovada, no la espuma que se mueve alrededor.

Henri de Lubac, Memoria en torno a mis escritos, 269-270

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La primera cuestión que se planteaba era cómo comenzar el Concilio, qué tipo de misión era realmente la que había que atribuirle. El Papa había indicado sólo en términos muy generales su intención respecto al Concilio, dejando a los Padres un espacio casi ilimitado para la configuración concreta: la fe debía volver a hablar a este tiempo de un modo nuevo, manteniendo plenamente la identidad de sus contenidos y, después de un período en el cual nos habíamos preocupado por hacer definiciones quedándonos en posturas defensivas, no se debía condenar más, sino usar la «medicina de la misericordia». Había, ciertamente, un tácito consenso sobre el hecho de que la Iglesia era el tema principal de la Asamblea conciliar, que de tal modo reemprendería y llevaría a término el camino trazado por el concilio Vaticano I, precozmente interrumpido a causa de la guerra francoprusiana del año 1870. Los cardenales Montini y Suenens trazaron planes para un implante teológico de vasto alcance de las labores conciliares, en el que el tema «Iglesia» debía ser articulado en las cuestiones «Iglesia hacia dentro» e «Iglesia hacia fuera».

Joseph Ratzinger, Mi vida, 135-136

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Algunos de nosotros vimos en seguida en el Concilio una apertura de la causa no sólo del unionismo, sino también de la eclesiología. Hemos visto en ella una oportunidad que necesitaba ser explotada al máximo, de acelerar la recuperación de los valores de episcopado y de la Ecclesia en la eclesiología y de avanzar sustancialmente desde el punto de vista del ecumenismo. Personalmente he tratado de instar a la opinión pública a esperar y pedir mucho. He dicho por todas partes que pasaría quizás no más del cinco por ciento de lo que queríamos. Razón de más, por lo tanto, para maximizar nuestras peticiones. La opinión pública cristiana debe forzar al Concilio a existir de hecho, y a lograr algo.

Yves M. Congar, Diario del concilio

(traducido de la versión inglesa, 4)

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Ningún cristiano tiene por qué atenerse a esperar para la Iglesia de un Concilio el cielo en la tierra. La Iglesia será también, después del Concilio, la Iglesia de los pecadores, de los peregrinos, de los que buscan penosamente, la que oscurece la luz de Dios una y otra vez con las sombras de sus hijos. Y todo esto no es razón alguna para omitir un Concilio, o para esperar de él poco o nada. También aquí se hará poderosa en nuestra flaqueza la fuerza de Dios, Y sin duda que se concluirán muchas cosas que luego Dios irá cambiando a su manera, en gracia y bendición para la humanidad y para la Iglesia. El hombre y la Iglesia deben hacer lo suyo. Sembrar y plantar con paciencia. Porque es maravilloso que también en la Iglesia y para la Iglesia sea de Dios toda prosperidad, y que la podamos esperar sin nuestro merecimiento.

Karl Rahner, Escritos de Teología V, 299

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¿Qué significó el Vaticano II?

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